jueves, 14 de octubre de 2010

Gran viaje gran (4 de 4)

Última entrega de este espectacular viaje, señores.
Nos despedimos de Coober Pedy con lágrimas en los ojos (no de tristeza sino de tanto polvo) y encaramos el tramo más monótono del viaje: casi ochocientos kilómetros de nada absoluta, ni siquiera un mísero canguro vimos.
Eso sí, camiones, los que se te ocurran. Acá tienen los que llaman road trains (trenes de carretera) que vienen a ser unos camiones enormes con hasta cuatro acoplados. La mayoría de los que nosotros nos cruzamos llevaban ganado (vacas), pero aparentemente los hay de todo tipo y color.

Un road train posando detrás mío.
Y así se pasaron esas ocho horas o más: mucho road train y alguna que otra parada para cargar combustible, comer o hacer pipí.
Cuando según nuestros mapas faltaba poco para llegar, apareció en el horizonte lo que sería la coronación de nuestro viaje: Uluru o the rock, que es como la llaman los australianos.

Típica foto de emocionados que no pueden esperar a tenerlo cerca (Trini continúa con las drogas).
Al llegar al cámping, unos que estaban acampados enfrente nuestro se me acercaron y me preguntaron cómo había hecho para traerme tres chicas al campamento. Obviamente, no le revelé el secreto, ni siquiera cuando me recomendó que no nos perdiéramos el amanecer en "The Olgas", que es la única otra formación rocosa de por esos pagos.
Fuimos, y fue precioso. En las fotos no se puede apreciar la roca iluminándose poco a poco conforme el sol asoma en el horizonte. No alcanza con decirlo, pero es hermoso.

Valió la pena levantarse a las cinco de la mañana.

Por un error de comunicación, Ana entendió Antártida en lugar de Australia.

Dedicamos el resto del día a caminar alrededor de Uluru, un paseíto de cuatro horas largas que valió la pena cada paso de los once kilómetros. La roca por momentos parece un tobogán de un parque acuático, luego unas cuevas te hacen acordar de la boca de un enorme tiburón, e incluso una parte tiene un aire al perfil de Maradona.

Diego estampado en Uluru (lo recordaba más parecido).

Festejando los once kilómetros.
Al día siguiente queríamos hacer una caminata con un guía aborígen, pero se suspendió porque llovió a cántaros (al final es como yo digo, desierto las pelotas. ¡Un momento! A lo mejor Ana no estaba tan errada con el atuendo).
Poniéndonos serios un segundo, el tema de los aborígenes es delicado. El gobierno les devolvió las tierras donde está Uluru (al que ellos consideran sagrado) a cambio de un contrato para que ellos, el gobierno, lo administrase durante 99 años. Te lo devuelvo pero me lo quedo un siglo más.
Hay una especie de tensión, por ejemplo, con el tema de escalarlo. Los visitantes pueden subir a la cima de la piedra si las condiciones climáticas lo permiten pero son avisados de que los aborígenes lo consideran una ofensa. Es decir, que el turista sin comerla ni beberla se encuentra entre la espada y la pared pensando "tengo la posibilidad de subir uno de los monolitos más emblemáticos del mundo, pero al hacerlo estaría ofendiendo a gente que lo considera sagrado". Y las balanzas de cada uno pesan distinto. En nuestro caso no hubo decisión que tomar porque estaba cerrado por fuertes vientos, aunque no lo hubiéramos escalado.
Otro tema son las adicciones. Para comprar alcohol en el pueblo uno tiene que tener un pase que se obtiene al hospedarte en un hotel o un camping. No se le vende alcohol a los aborígenes. Pero lo más curioso es el combustible que se usa en esa zona, llamado Opal, que está diseñado para que no sea inhalable (mejor dicho, para que al inhalarlo no tenga efectos narcóticos). También venden del otro, pero tenés que pedir una llave dentro de la estación de servicio para destrabar el surtidor.
Estos temas fueron quizás el único pequeño sabor amargo que me dejó el viaje. Australia está considerada parte del primer mundo pero tienen en el centro gente a la que ignoran tanto como nosotros a los nuestros. El blanco no quiere al negro por vago y primitivo, y el negro no quiere al blanco por invasor y destructor. Y así va el mundo.
Devolvimos el coche en el aeropuerto, 3060 kilómetros más tarde que el primer día.
Analía, Ana y Trini, gracias. Fue un placer.

Cuarto y último día (de coche)

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Gran viaje gran (3 de 4)

El tercer día nos levantamos en Port Augusta (pronúnciese Port Ogasta) y nos fuimos al supermercado a abastecernos con bastante comida y agua, como todo el mundo nos había recomendado. Incluso un compañero de trabajo al que dos semanas antes del viaje le conté lo que teníamos planeado, trajo un mapa de Australia y me dio un consejo:
-Desde acá en adelante -dijo mientras aplastaba a Port Ogasta con su dedo índice- no hay nada. Nada de nada. Nada con N mayúscula. De verdad te lo digo, no hay palabras que enfaticen lo suficiente la nada que hay a partir de acá.
Otro chico, también nacido y criado en la australia rural, fue un poco más drástico:
-Ahí te podés morir.
Con estos consejitos en nuestro haber decidimos que la desgracia no nos encontrara con la panza vacía, así que atiborramos el coche de comida y agua hasta el máximo de las capacidades del baúl y de nuestras billeteras. Y así, con latas de atún hasta en la guantera, nos adentramos en lo que los australianos llaman el Outback.
Foto: Yo, a cargo del agua.
Y acá es donde necesito hacer un paréntesis. El viaje era al desierto y yo me imaginaba camellos, dunas y cincuenta grados a la sombra, pero resulta que el paisaje es muy parecido a la meseta patagónica. Por momentos era imposible notar la diferencia entre la Stuart Highway y la ruta 281. Idéntico. Salvo quizás las alimañas mortales de las que nosotros, gracias al cielo, carecemos.
Como no había absolutamente Nada (con mayúscula) entre Port Augusta y el pueblo donde haríamos la siguiente noche, se nos ocurrió mirar en el mapa carretero que llevábamos, a ver si había algún desvío que pudiéramos tomar. Mi jefe me había dicho que lo más interesante de esa zona era encontrar un pueblito perdido con cuatro casas, un pub y una estación de servicio (sí señores, estábamos buscando nuestro Tres Cerros australiano).
Finalmente uno de los cuatro cráneos (está bien, fui yo, pero estoy seguro de que las otras tres no tendrán problema en compartir la culpa), sugirió un desvío. Había cuatro puntitos en el mapa. Cuatro puntitos, cuatro pueblitos, pensamos, y nos doblamos a la derecha por un camino de tierra colorada.
Quince kilómetros más tarde vimos los primeros y últimos canguros de un viaje que no se caracterizó por la gran cantidad de fauna (aunque, para ser justo, más tarde encontraríamos también algunos emus). Nos planteamos darles algo de pan, como hacemos con los que tenemos cerca de casa, pero decidimos que no porque estos eran salvajes salvajes, y los "nuestros" son salvajes acostumbrados. Además, en un viaje al desierto no estábamos para andar dándole nuestras provisiones a la fauna del lugar.
Finalmente llegamos al primer puntito: una casa y un galpón. Nos salió a recibir un hombre cuyo inglés era tan entendible como el del perro que lo acompañaba (al perro al menos se le entendía el guau). Medio hablando, medio por señas, le expliqué nuestro plan de desvío, visitando su pueblo y los tres siguientes para finalmente reincorporarnos a la ruta asfaltada. La respuesta me la tuvo que repetir tres veces. La primera entendí privado y cuatro por cuatro. La segunda creí reconocer pueblo y volver. Recién a la tercera decodifiqué el mensaje entero:
-Esto no es un pueblo sino una estación de ganado. El resto tampoco son pueblos. El camino es privado y de acá en adelante sólo es accesible con una cuatro por cuatro. Vuélvanse a la ruta de asfalto.
Aquello fue demoledor.
Nos planteamos ignorar al hombre y seguir según el plan, pero nuestra naturaleza miedosa nos hizo volvernos a los cincuenta metros. Menos mal, porque cuando el cráneo que había sugerido tomar ese desvío volvió a mirar el mapa se dió cuenta que la línea punteada a partir del "pueblito" era ligeramente diferente a la de antes del pueblito. Las referencias del mapa lo decían bien claro: Únicamente cuatro por cuatro.
Nos volvimos con el rabo entre las piernas y continuamos el viaje hacia el norte en silencio, (yo al menos) rumiando el fracaso.
Nos quedaba de consuelo de que aquella noche dormiríamos en Coober Pedy, un pueblo que vive de las minas de ópalo y donde la gente duerme en casas subterráneas para no achicharrarse del calor que hace en verano. De hecho, la habitación que teníamos reservada estaba a 6 metros bajo tierra. Dormir en cuevas sería una experiencia nueva.
Y lo fue. Como también masticar polvo durante veinticuatro horas seguidas.
Nuestra habitación subterránea
Se ve que lo que no tuvimos en cuenta es que las minas no sólo están en las afueras sino también en el pueblo. De hecho, nuestro hotel había sido una mina antiguamente. No lo comprobé, pero me arriesgaría a decir que en Coober Pedy las huellas digitales se compran en el supermercado en packs familiares, porque con tanto polvo en el ambiente los dedos se te quedan lisos al tercer día.
Y no sólo hay casas bajo tierra, sino también un bar, restaurantes, hoteles, tiendas y hasta una iglesia serbia (lo juro) subterránea. Visitamos todo lo visitable, incluso la iglesia serbia, y llegamos los cuatro más o menos a la misma conclusión: Coober Pedy es la muerte en vida.

Foto: Los techos de Coober Pedy (nótense las chimeneas de ventilación saliendo del suelo)
El dueño del restaurante en el que cenamos se ve que no opinaba lo mismo, porque llevaba en el pueblo los treinta y dos años que hacía que se había ido de Italia. La única explicación que le encuentro es que era siciliano, y por más poderosa que sea la mafia, a Coober Pedy no te van a ir a buscar aunque les debas millones.
Le pregunté si siempre había tenido restaurante y me dijo que mayormente sí, aunque también había trabajado con los ópalos. Cuando le consulté si la minería era una buena forma de ganarse la vida, me respondió con la sabiduría de los grandes:
-Si fuera buena no estaría vendiendo comida.
Y con esa frase y un plato de ñoquis en el buche me fui a dormir, contento y empolvado, seis metros bajo tierra.

Recorrido del tercer día (no incluye desvío)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Gran viaje gran (2 de 4)

A la mañana siguiente debíamos decidir si seguir por una carretera de costa u optar por una sembrada de viñedos (gracias Ana), aunque cualquiera fuese nuestra decisión había que levantarse tempranito porque estábamos atrasados unos 100 kilómetros con respecto al plan original.
No decantamos por los viñedos, para variar un poco y porque nos gusta el vino. De hecho, paramos en una bodega a comprarnos una botella de totín para disfrutar a la noche, donde fuera que termináramos pasándola.
Nuestra máquina entre viñedos.

Viñedos sin nuestra máquina :P (Esta foto me encanta)
Cerca del mediodía ya estábamos en Adelaida, una ciudad de primera. De primera porque si pasás en segunda no la ves (este chiste siempre me gustó mucho y por algún motivo no tiene el éxito que se merece). En fin, dicho a calzón quitado, nos pareció más bien chiquita y aburrida. Pobres ilusos y además desagradecidos, no sabíamos que era prácticamente el último bastión de civilización de nuestro viaje.
Buscando un lugar para comer dimos con un mercado donde había varios puestitos de frutas, verduras, comidas y algunos cafés y pizzerías (una especie de Boquería, pero en mini). Elegimos una mesa y mientras esperábamos nuestro almuerzo aprovechamos para comprar algún quesito y acompañar el vinacho destinado a celebrar la finalización del día dos.
Tras un almuerzo de casi dos horas nos volvimos a poner en ruta. El trayecto me pareció precioso, con mucho paisaje tipo irlandés (vaquitas y colinas verdes tipo el señor de los anillos).
Ya entrada la noche llegamos a Port Augusta (que vendría a ser el último pueblo donde comprar comida y agua antes de internarte en la nada) y esta vez no hubo historias para no dormir por parte de los dueños del motel, que era una familia de la India. En lugar de eso, la mujer me dijo que siempre había querido visitar la Argentina y me preguntó cómo estaba el tema de la seguridad. Le dije que todavía no estábamos al nivel de Mónaco, pero que íbamos en camino y se mostró decidida a visitar, este año o el que viene, nuestra gran pampa húmeda.
Volviendo a nuestro viaje, por suerte durante este segundo día nos repartimos la tarea de manejar el auto entre los cuatro, así que se hizo bastante más llevadero. Respecto a nuestras visitas Ana y Analía, las chicas se desempeñaron con más dignidad de la que esperábamos, teniendo en cuenta de que no es fácil que de golpe te pongan el volante del otro lado y te hagan ir por la izquierda.

El segundo día ya fueron más kilómetros

jueves, 2 de septiembre de 2010

Gran viaje gran (1 de 4)

Un viaje como el que hicimos se merece al menos diez entradas en el blog, pero para no espantar a la clientela, acotaré a cuatro.
Resulta que Analía y Ana decidieron pasar unas cuantas semanas en Australia y no sólo visitarnos sino también aprovechar para recorrer el país/continente. Nosotros, ni lerdos ni perezosos, nos unimos a ellas en una de las aventuras.
El primer día de este gran viaje gran, Trini y yo volamos a Melbourne a una hora inhumanamente temprana (después de una hora y pico de vuelo llegamos tipo 7:30 de la mañana, así que saquen cuentas a qué hora nos tuvimos que levantar). Tras recoger en el aeropuerto nuestro equipaje y las llaves de un auto de alquiler, un Holden (marca australiana) modelo Commodore con caja automática y bastante nuevo, nos pusimos en carrera sin perder un sólo minuto.
Las chicas habían ido a Malbourne un día antes para conocer un poco la ciudad y la idea era encontrarnos con ellas en las afueras para evitarnos el garrón de tener que meternos al centro en hora pico. El encuentro no pudo salir mejor ya que llegamos a la estación de tren en la que habíamos quedado exactamente al mismo tiempo. De hecho cuando íbamos a cruzar las vías en el coche se baja la barrera para que pase un tren... ¡Y era el de ellas! Fue sincronía de reloj suizo.
Una vez los cuatro reunidos empezamos a tirar kilómetros para el sudoeste hasta llegar a una ruta que se llama la "Great Ocean Road". Fiel a su nombre, va la mayoría del tiempo pegada al mar y los paisajes son impresionantes. En un momento corta un poco de campo y se mete a un bosque de eucaliptus. Al adentrarnos (esto no queda bien que yo lo diga pero lo voy a decir igual) comenté "en esta zona tiene pinta de que hay koalas". Y dicho y hecho! Doblamos la siguiente curva y vemos parado al costado de la ruta un colectivo y quinientos mil chinos sacando fotos a un árbol. Nos detuvimos y, efectivamente, había un koala en un arbol que no estaría a más de 3 metros de altura. Si estirabamos la mano seguramente podíamos tocarlo. El tema es que a pesar de parecer tan dóciles no es una buena idea intentar el contacto físico con los que están en libertad (basta con verles las uñas para entender por qué).
Le sacamos varias fotos una vez se fueron los chinos y nos medio adentramos en el bosque en busca de más ejemplares. Logramos ver otros 3 o 4, pero ninguno tan cerca como el primero.
Kilómetros, parar a comer y más kilómetros. Finalmente llegamos a la vedette de esa ruta, los doce apóstoles, que son formaciones de piedra caliza súper fascinantes producto de la erosión del viento y el agua. Hay columnas de piedra gigantes en el agua, sifones, gargantas y hasta un puente entre dos columnas (tipo el que se hace en el glaciar Perito Moreno, pero de piedra). Fue increíble. Fuimos avanzando por la ruta parando en cada uno de los miradores hasta que se nos acabó la luz (por suerte pudimos ver casi todo aunque al final nos agarró la noche).

Una vez oscuro, continuamos por un par de horas más hasta que, vencidos por el cansancio, buscamos un motel (tipo película yanqui) en el cual dormir. Mientras negociábamos el precio, la dueña nos metió un montón de miedo hablando de accidentes en la ruta por manejar de noche. Se ve que los canguros son mucho más impredecibles que las ovejas o los guanacos y para cuando los viste los tenés en el asiento del acompañante.
Por suerte, el cansancio me inhibió las pesadillas.

Nuestro recorrido el primer día

Hasta aquí el primer día del viaje, amiguitos. De a poco iré poniendo los otros.
¡Un abrazo!

domingo, 8 de agosto de 2010

Tres predicciones para cuando sea viejo

Mi papá siempre me cuenta que cuando era chico, la casa de su vecino se veía invadida de gente de todo el barrio para ver la única tele en vaya uno a saber cuántas manzanas a la redonda. ¡Y él tiene sólo 23 años más que yo! Como esa, estoy seguro de que cada uno de nosotros puede recordar anécdotas de nuestros padres o abuelos que hoy por hoy nos parecen increíbles.
Es lógico entonces preguntarse qué cosas diremos nosotros a nuestros hijos respecto a cuánto han cambiado las costumbres, en gran parte gracias o por culpa del avance de la ciencia. Les contaremos historias que les sonarán como de otro mundo, como de película antigua. Algunas ya son un hecho "los teléfonos celulares no existían" o "no había Internet y una enciclopedia pesaba casi como una persona".
Sin embargo, existen tres cosas que todavía no se han extinguido y para mí tienen los días contados:
  1. Tirar la cadena con agua potable: No me puedo creer que estemos en el siglo XXI y sigamos tirando cientos de litros por persona por semana de agua cristalina y potable al inodoro. ¿Tan difícil es juntar el agua de lluvia y que sea ésta la que tiamos a la cloaca? Y si la lluvia no es abundante, ¿no podemos usar agua de mar?.
  2. Los discos rígidos (duros, en España) dejarán de dar vueltas: Ésta es sin duda viene de una deformación profesional, pero lo tenía que decir. Señora, el lugar donde se almacenan todas esas películas que usted se baja por internet se llama disco rígido. Tanto para guardar información como para leerla, ese bichito da vueltas, de forma muy similar a un tocadiscos. ¿Vió alguna vez esos llaveritos que sus hijos o nietos enchufan a la compu para intercambiar datos? Sí, efectivamente, ellos los llaman pendrives. Bueno, uno así pero más grande reemplazará a su disco duro en pocos años.
  3. La plancha: Esta es realmente para avergonzarnos de la sociedad en la que vivimos. Resulta que podemos enviar gente a la luna desde hace cuarenta años pero todavía no inventamos una tela que se sienta como el algodón, sea igual de barata pero no se arrugue. Tenemos la cabeza abierta para permitir matrimonios gay pero todavía miramos raro al que se pone un vaquero todo arrugado. Han estado de moda los pantalones manchados, rotos, cortados, gastados y desteñidos pero nunca jamás arrugados. Plancha, vas camino a la extinción. Lo único que no tengo todavía claro es si te desbancará la ciencia o las nuevas tendencias.
Para despedirme, quiero dejar claro de que sé que, estrictamente hablando, mis profecías no son tales, ya que ya existen edificios con doble circuito de agua (uno potable y otro no), compus sin partes móviles (algunas netbooks) o gente que no plancha la ropa (Trini y yo). Sin embargo, cuando hablo de predicción me refiero a que estas cosas se conviertan en la norma y no en la excepción.

jueves, 27 de mayo de 2010

Las dos caras de usar palabras en inglés

Supongo que todos estamos de acuerdo en que saber inglés tiene muchas ventajas. Nos permite comunicarnos con muchísima más gente, tener acceso a cantidades ingentes de informacion (mucha más que la disponible en cualquier otra lengua) y leer libros que nunca se tradujeron ni traducirán al español. Sin embargo, saber inglés, o específicamente vivir en un país de habla inglesa tiene al menos una desventaja.
Desde que vivo en australia escucho conversaciones del siguiente tipo.
-Me acabo de comprar una manzana.
-Qué bien. Aunque la verdad es que yo prefiero las ventanas.
Me llevó nueve meses viviendo en un país de habla inglesa darme cuenta de lo que todos ustedes ya saben: para un angloparlante, no hay diferencia entre Windows y ventana, ni entre Apple y manzana y así sucesivamente.
Imagínense por un momento que dejáramos (nosotros, los hispanohablantes) de llamar a todos estos términos por su anglonombre para usar nuestras propias palabras. Así es como se siente esta pobre gente.
Ellos no sólo se debaten entre comprarse una manzana o una con ventanas para conectarse a interred, sino que también escriben sus textos en MS Palabra. Las presentaciones las preparan en Punto de Poder y tienen direcciones de correo electrónico tipo @correocaliente.com o @gcorreo.com. Se mantienen conectados con sus amigos mediante Caralibro.com, al que suben fotos editadas con el Pintura o en el mejor de los casos con Negocio de Fotos.
Para ellos las cosas no son on line ni off line sino en linea o fuera de linea. Tampoco usan memory sticks sino palos de memoria (esas cositas a las que nosotros llamamos pen drives, que también traduzco si quieren: unidades bolígrafos). Navegan a diario usando el Explorador de Internet, y trabajan con el conjunto de aplicaciones MS Oficina. Ah! Y cuando el jefe no los mira, ven videos en TúTelevision.com (youtube).
Y si me tiran de la lengua también tendré que decir que Manzana, la compañía de Esteban Trabajos (Steve jobs) acaba de lanzar un producto por el que la gente hace cola que es como una compu pero sin teclado. Y el tipo va y sin ningún tipo de escrúpulos la llama YoToallitaFemenina (iPad).
¿Adónde quiero llegar con todo esto?, a que usar anglicismos, o directamente palabras en inglés tiene dos caras: Ya conocemos la mala, hay millones de textos en millones de blogs explicándonos cómo destruye y desplaza nuestras propias palabras. No lo niego, pero ¿alguien alguna vez se puso a pensar en la buena? Para nosotros word y palabra son cosas muy diferentes pero para ellos es lo mismo. La tecnología les trajo ambigüedades.
Todo esto me lleva a pensar en aquellos pioneros de la informática que concibieron por primera vez un sistema operativo, o un procesador de texto, o un teléfono que te asiste hasta para ir al baño. Esta gente, sin duda entre los más inteligentes del mundo, capaces de crear productos que nos cambiaron la vida para siempre, ¿no se podía haber esforzado un poco más con los nombres?
Para mí MS Palabra es una falta de respeto.

jueves, 22 de abril de 2010

Pingus australianos

La naturaleza de este país es increíble. De lo visto hasta ahora, si me pidieran que elija mis tres cosas favoritas diría:
  • La vida submarina: uno se queda boquiabierto con la cantidad de vida y colores que te saludan al sumergirte sólo unos metros (y eso que todavía no fui a la gran barrera de coral).
  • Los pájaros: desde la cucaburra histérica hasta las cacatúas blancas, los loros de pecho arcoiris (nombre que me acabo de inventar, pero el bicho existe) y unos grises con el pecho rosado.
  • Los marsupiales (un clásico): Cómo no profesar el amor a los koalas y a los canguros, ¿no? Estos últimos ya sean en libertad o en la cazuela.
Sin embargo existe un lugar al que un patagónico no debería ni acercarse. Es más, las constituciones de las provincias de Tierra del Fuego, Santa Cruz y Chubut deberían prohibirlo en el artículo segundo. Yo propondría algo del estilo:
LOS CIUDADANOS NO PODRÁN, BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA Y SIN EXCEPCIÓN VISITAR LA DENOMINADA "PHILIP ISLAND" EN EL ESTADO DE VICTORIA, AUSTRALIA.
El motivo de mi propuesta surge del viaje a Melbourne que hicimos para semana santa. La ciudad realmente una preciosura y muy europea, que es como todos los australianos la describen. Pero no voy a hablar de eso hoy. No. Tampoco voy a comentarles que al volver a Newcastle se nos rompió el coche y tuvimos que llamar a la grúa y hoy, semanas después sigue en el taller. Eso es harina de otro costal, o post.
Este texto trata del último día de nuestro viaje, cuando Cristian y Trini deciden alquilar un coche para explorar un poco la naturaleza que rodea a la segunda urbe más grande del país.
Entre las mil recomendaciones que nos dieron compañeros de trabajo, amigos y el maravilloso google, decidimos visitar Philip Island, una isla donde la mayor atracción es la Penguin parade. En criollo sería "El desfile de los pingüinos".
Viniendo yo de un lugar donde hay más (muchísimos más) pingüinos que personas, lo primero que me asombró fue el cartel que dice tickets. En Deseado es casi al revés, deberían ser ellos (los pingüinos) los que pagaran para vernos a nosotros, escasos humanos.

Nótese el cartel a la izquierda de la foto.

De hecho me asombró tanto que cobraran entrada que le pregunté a la mujer que las vendía (y esto es literal y hay testigos):
-¿Y esos 21 dólares por persona para qué son?
-Para conservar a los pingüinos.
Entonces ahí me entraron un montón de dudas que preferí guardarme. La conclusión que saco es que: esto es un robo o bien los pájaros bobos no son tan bobos y tienen un arreglo del tipo "si no vemos los 21 dólares por barba nos vamos a Nueva Zelanda que nos pagan mejor".
Cuenta regresiva para que lleguen los pingus.

Pero bueno, habíamos manejado más de dos horas para verlos y ya no nos íbamos a echar atrás.
Hicimos tiempo hasta que se hizo la hora (nótese la pantalla con la cuenta regresiva) y nos fuimos al encuentro hombre-naturaleza.
La decepción no hizo más que crecer. Resulta que los 21 dólares eran la entrada popular, donde los veías de una grada. ¡Una grada! Como si fuera un partido de fútbol. Si los querías ver más de cerca tenías que pagar la entrada Penguin plus. Y juro que no miento, se llamaba así, el que no me crea que lo mire acá (también se pueden ver las gradas).
A mí ya me había olido todo a robo cuando ví que te cobraban extra por las audioguías, por adoptar un pingüino, la tiendita de souvenirs y el patio de comidas.

Audioguías.

Adoptá un pingüino.

Pequeña tienda de pingusouvenirs.

Sin embargo la estafa sin parangón fue sin duda el puestito "Sacate la foto con un pingüino". Véanlo por ustedes mismo, señores. Una foto con fondo verde y después te meto el pingüino con photoshop por sólo quince dólares. ¡Quince dólares! Con cuatro fotos pagás la cámara, rubia ladrona.

La robofoto (robo de robo, no de robot).

Quiero que entiendan mi indignación, señores. Voy de buena fe a ver a los pingüinos más pequeños del mundo, parientes cercanos de los nuestros, los de Magallanes y los de Penacho Amarillo y resulta que te cobran hasta por respirar. Son muy bonitos, sí, pero están más industrializados que las hamburguesas de los McDonald's y (ah! casi me olvido), también está prohibido sacarle fotos.
En Puerto Deseado, Claudio de Los Vikingos te lleva por un precio similar en su barco a una isla donde no hay nada más que pingüinos. El embarcadero queda a 800 metros de la casa de mis viejos y durante el viaje te cuenta mil quinientas cosas con la humildad que sólo los grandes tienen. Una vez en la isla, tenés miles y miles a tu disposición, te podés acercar lo que quieras que no se asustan ni salen corriendo, les podés sacar fotos y no necesitás molestarlos con el flash porque es plena luz del día. En el trayecto en el barco también viste cormoranes, lobos marinos y con suerte toninas overas, sin duda el delfín más lindo del mundo.
Sin embargo el tema no termina ahí, no señor. Antes de pegar la vuelta Claudio se prepara unos mates y saca de una conservadorita galletitas y queso para untar. Y que nadie me diga que eso lo hizo con nosotros porque lo conocemos del pueblo. No señor, esto lo saqué de la página web:
Al finalizar la recorrida, el viajero podrá disfrutar de una mateada y dispondrá de tiempo libre, para luego proseguir con la excursión, a bordo del bote.
Ahora yo me pregunto, después de haber tenido una experiencia inmejorable en las costas de mi propia casa ¿quién me manda a ver pingüinos al otro lado del mundo?

Constancia de que ir con "Los Vikingos" es más divertido.