Hace poco la vida me puso a prueba, forzándome a luchar por no sólo mi vida sino la de Trini y su familia. Procedo sin más preámbulos a dar parte de cómo se sucedieron los hechos.
Era una tarde tranquila y se respiraba ambiente navideño. Veníamos de la playa o de un viaje en barco para ver delfines, no lo recuerdo -no me quedó memoria para detalles sin importancia-. Llegábamos, cansados, al alojamiento en Port Stephens, donde pasaríamos tres días. Eran dos apartamentos contiguos, uno para Trini (grande) y Marta y otro para Trini (peque) y yo. Las puertas de ambos daban a una pequeña terraza de madera elevada unos treinta centímetros del suelo donde había una silla de camping para quien quisiera sentarse, por ejemplo, a leer.
Decía entonces que acabábamos de llegar y mientras sacábamos las llaves de una mochila interminable, alguien movió aquella silla maldita y todo lo que sobrevino fue desgracia. Un enjambre de avispas enfurecidas brotaron de debajo y se fueron directo a Trini, propinándole tres picaduras en sus miembros inferiores.
Para entender mejor lo que sucedió a continuación les pido que se familiaricen con esta esta imagen que, aunque no lo parezca, es un croquis y nos acompañará a lo largo de este post para explicarlo todo.

Con un poco de imaginación podemos ver las dos puertas (abajo), la silla maldita con el nido de avisas en color rojo (como todo lo peligroso en un croquis) y también vemos en la parte superior tres columnas que sostenían el alero del techo, protegiendo la terracita de la lluvia.
Rápidamente nos metimos al departamento de más alejado de la silla (que no era el nuestro) y Marta diagnosticó que su hermana sobreviviría. Agradecí compungido y pensé el el siguiente paso: la venganza.
El nido lo localizamos mucho después de las picaduras, cuando la mamá de Trini, la única valiente como para mover esa silla, la dió vuelta y las vimos ahí todas revoloteando.
Cuando se calmaron un poco, la mujer nos sorprendió al arrastrar la silla hasta el borde de la tarima de madera. Sentenció que si la tirábamos terraza abajo, se calentarían bastante, picando todo lo que tuviese a su alcance. Sus corajudos esfuerzos habían alejado un poco el peligro, pero para nuestro cobarde gusto seguía estando demasiado cerca de la puerta. Sólo estaríamos tranquilos una vez hubiéramos lanzado aquella amenaza fuera de la terracita.
Y ahora es cuando entro yo: me acuerdo que de chico tanto a mi viejo (él ya no era tan chico) como a mí nos gustaba Mc Giver, aquel tipo que con un chicle y un reloj era capaz de improvisar una bomba o con una papa y una aguja de tejer te sintonizaba LRI 200, radio Puerto Deseado "la que llega más lejos". Pensé que era momento para capitalizar todas esas horas frente al televisor. Entonces me armé de valor y fui al coche para ver de qué disponía.



Después de una análisis de la situación me decidí por un paraguas, una botella de plástico y una soga. Até cada objeto en un extremo y tiré el paraguas debajo de la silla, quedándome con la botella. Creo que tantas horas pescando con mi viejo también sesgaron de alguna manera la naturaleza del invento. Así es como queda la situación entonces (nótese cómo yo sólo asomaba lo estrictamente necesario):
Una vez el anzuelo-paraguas estuvo debajo de la silla, tiré la botella-plomada de tal manera que la la cosa quedó así:

Entonces sigilosamente rodeé la silla, siempre a una distancia prudencial, hasta alcanzar la botella. Luego volví inmediatamente a mi guarida, quedando la situación de la siguiente manera:

Me imagino que ya irán captando la idea: tengo la silla enganchada y basta con tirar de la soga para cumplir nuestro objetivo de sacarla de la terraza. Sin embargo, el destino me plantearía nuevos retos. Al tirar de la cuerda se me enganchó la silla en la columna. Me desesperé por un momento hasta que se hizo la luz. Desaté la botella de plástico y la lancé al mejor estilo bowling, liberándola.

Y bastó un tironcito más para poder declarar la misión cumplida.
Se generó un avisperío que no pudimos salir de nuestra guarida durante varias horas, pero el objetivo estaba alcanzado. Una vez se hubieran calmado y encontrado otro lugar donde anidar, no nos volverían a molestar (ni nosotros a ellas).
Pongo esta historia en el blog porque ya me ha pasado que tras mi entusiasmo al contarla, la gente le resta importancia. El argumento más común es "¿y era necesario todo eso? ¿por qué no le pegaste una patada repentina y te volviste corriendo?".
La única esperanza que me queda son ustedes, pues confío en que alguno sepa apreciar la elegancia de la solución. Quizás estemos ante otro de los miles de casos en que se usa una bazooka para matar un mosquito, pero yo pienso ¿qué más da? ¿no es más divertido dispararle con una bazooka que blandir un insecticida?
Para terminar, quiero agradecer a Claudi y Ana que cuando se enteraron de nuestra eventura australiana nos regalaron una navaja que nos fue útil más de una vez y la soga que protagoniza, junto a anzuelo-paraguas y botella-plomada, este relato.




