-El miércoles que viene -dijo- tengo que filmar una publicidad de una pizzería. Necesito algunos extras.
-¿De qué se trata la publicidad? -preguntó alguno de los tres traidores,fingiendo sopesar la posibilidad de colaborar.
-Bueno, básicamente es una fiesta. Tenemos que dar la sensación de que está todo el mundo aburrido hasta que llegan las pizzas y la cerveza de Quiquino. Entonces todos se empiezan a divertir.
Me pareció que colaborar no me expondría demasiado. Mi razonamiento fue:
- Fiesta = oscuridad. Los extras están para hacer bulto, ni siquiera se podrán distinguir sus caras.
- Fiesta = mucha gente. Con un montón de personas bailando, los protagonistas se llevarán toda la atención y los de atrás, insisto, no seremos más que siluetas.
Cuando llegó el miércoles yo ya me había olvidado completamente. Sonó el teléfono de mi casa y atendí desprevenido.
-Chapi, -dijo el Pelado- ¿te paso a buscar en media hora y vamos a Rada Tilly a filmar el spot?
-Si, no hay problema. Pero no te preocupes que seguro que Gere va en su coche. Le digo que me pase a buscar y voy con él. De hecho también podemos recoger a Mariam y a Pecho.
La respuesta del Pelado fue devastadora. No me acuerdo las palabras textuales pero jamás me voy a olvidar de la mala pasada que me jugaron los otros "extras". Los mismos tres que aquella noche habían dado el sí junto a mí sin titubear, ese miércoles no podían asistir. Uno sufría una uña encarnada, el otro tenía mucho para estudiar y el tercero esgrimía alguna excusa de calibre similar.
Automáticamente pensé en borrarme.
-¿Sabés lo que pasa, Pelado? Es que hoy me levanté con un grano gigante en el medio de la frente. No lo veo muy estético.
-No pasa nada, loco. Si vas a hacer de extra -continuó mintiéndome-. Dale, no me falles como los otros.
Cuando todavía no me había terminado de duchar, el Pelado y su novia tocaban timbre en mi casa. Salí con la frente bien alta, con la esperanza que el grano (que era real) me dejara afuera de la filmación.
-Dale, subí que estamos llegando tarde -dijo el Pelado sin siquiera mirarme a la cara.
Habíamos hecho 10 de los 20 KM que teníamos por recorrer cuando el muy degenerado me dió la estocada final.
-Yo tengo la llave del lugar donde filmamos. En un ratito llega el resto de los actores. Son de la escuela de modelos.
-¿Cómo "el resto"? No era que yo iba de extra.
Éramos sólo tres personas en el coche. El pelado, además del productor, era uno de los cámaras. Su novia también tenía un papel "detrás de escena" que no recuerdo en este momento. En definitiva, decir el resto de los actores dejaba claro que a mí se me consideraba entre ellos. Lo había planeado todo el caradura. Incluso me llevó en un coche coupé para que no intentara abrir la puerta y tirarme.
-Actor... extra... da igual, Chapi. Son unas ocho personas en pantalla. No se te va casi ni a ver.
-¿Ocho personas? -pregunté al borde del infarto.
-Si. Sos vos y siete chicas y chicos de una agencia de modelos.
En ese momento me dí cuenta de lo profundo que había metido la pata al aceptar colaborar con el Pelado. Por más que yo fuera el que menos se vería de todos, ¡éramos sólo ocho personas!. Qué bien que habían hecho los traidores en borrarse de la faz de la tierra.
Aguanté estoicamente. Llegamos al lugar de grabación. Yo me imaginaba una discoteca o un bar, pero no... era un quincho, con ventanas que dejaban entrar la luz del sol por todos lados. Ya a esa altura daba todo igual, así que preferí ahorrarme otro comentario.
Al cabo de media hora llegaron "las chicas" de la agencia de modelos. Estaban todas más o menos buenas y lógicamente se empeñaban en distanciarse de mí, en no reconocerme como un actor más. Creo que se sentían espantadas al verme la frente. Una incluso llegó a preguntar "y los chicos cuándo vienen", excluyéndome explícitamente.
Cuando llegaron "los chicos" me dí cuenta de lo desubicado que estaba ahí. Mientras yo les mandaba mensajes punzantes a los tres desertores con mi flamante Motorola C115, "los chicos" utilizaban sus teléfonos para sacarse fotos con "las chicas". Yo siempre en un rincón, charlando con el Pelado.
Intenté resistirme por última vez, pero el Pelado me empujó suavemente, obligándome a codearme con las estrellas. Todos se miraron a las caras y medio se extrañaron al darse cuenta de que mi papel estaba enfrente de las cámaras y no detrás.
Actué. Actué como si fuera uno más. Al principio un poco tenso, pero después liberado. El Pelado daba órdenes. Decía cosas como "bueno, ahora estamos todos aburridos" o "a bailar... a bailar, chicos".
El clímax llegó de la mano de un "ahora hacemos un trencito, que nos estamos divirtiendo un montón". Una de las modelos que me había estado mirando toda la grabación con cara de "a este no lo toco ni con una caña de pescar", me agarra de la cintura, nombrándome oficialmente locomotora.
Mientras lideraba el tren agitando los brazos, me inundaba de sentimientos encontrados. Por una parte sabía que mi manera descoordinada de bailar llamaría la atención, convirtiéndome casi en protagonista. Por otro lado, me regocijaba de que la chica hubiera elegido mi cintura y no la de cualquier otro. Fue sentir el triunfo proletario sobre la burguesía al tiempo que me juraba retirarme del mundo cinematográfico.
En ninguno de los 29 segundos de video se me ve la frente. Lo pasaron durante varios meses en el cine de Comodoro, antes de las pelis. Creo que no llegué a la pantalla chica, aunque no estoy seguro. De cualquier modo, fue suficiente para que mis compañeros, alumnos y amigos me hicieran la típica pregunta.
-¿Vos sos el de la publicidad de Quiquino?
Pasaron cuatro años hasta que pude hacerme con la grabación sin levantar sospechas. Bastaron un par de mails para que uno de los traidores se contactara con el mismísimo Pelado, y éste me la entregara con la excusa de poner un texto "divertido" en mi blog.
Pelado, Pecho, Mariam y Gere: para mí esto no fue un carajo divertido. Cada vez que tuve que hablar de este episodio lo hice con los dientes apretados, simulando una sonrisa. Hasta hoy. Cuatro años esperé, porque la venganza es un plato que se sirve frío. Pero ya no me voy a aguantar ni un segundo más. Hoy grito a los cuatro vientos: son un cuarteto de hijos de puta.

